No se esperaba aquella visión. Ver al sospechoso muerto y bien muerto, o sea totalmente seco, como la mojama, más tieso que un palo, más que la rodilla de un playmobil... bueno, pues eso: cadáver. Comenzó a tararear aquello de Otro más que muerde el polvo de la Reina, aunque este no lo había provocado él. No entendía cómo podía haber pasado, solo habían transcurrido unos minutos desde que el, ahora, finado se puso en contacto con él para decirle cara a cara quién había sido el que había robado del Museo Metropolitano la famosa joya “El Jaguar Moteado Nebuloso”, pieza de incalculable valor. Y aquí estaba mirándole cuando oyó de lejos la sirena de la policía acercarse. Decidió irse, básicamente por dos cuestiones. La primera, que si le pillaban allí tendría que dar demasiadas explicaciones y, sinceramente, tenía pocas respuestas. Y la segunda, que si había muerto su confidente ya no había pistas y, por tanto, nada más que hacer. Así que a la mierda la víctima y la joya, que se ocupase la policía que cobraba por ello. Ahora se pasaría por la Casa del Donut a tomar algo y evadirse. A otra cosa mariposa y a otra puerta que esta no se abre ¡ea!