Llevaba todo el día pintando la casa. No era muy grande pero sí que tenía demasiados trastos y moverlos todos solo para dejar una pared libre era pesado. Además, tapar para no manchar los muebles, cubrir los suelos, poner cintas de carrocero en puertas y rodapiés, y sube y baja por la escalera, y fíjate que está alto el techo y mira que está bajo el suelo… Que pintar le llevaba demasiado tiempo, coña. Ya empezaba a estar un poquito hasta el gorro. Y todo ello le llevó al quid de la cuestión: parece mentira, pero para dedicarse al crimen tenía poca forma física… o sería que se estaba poniendo fondón… En fin, da igual. Cuando terminase el asunto se enfundaría el traje y a luchar contra los malhechores. Que no se diga.
Se pegó una ducha para quitarse
los restos de pintura y la peste a “hombre” y comenzó a vestirse. Se sentó en
la cama para ponerse el trajecito de super y esa fue su perdición ¿Había algo
más atrayente que una cama blandita, con sus sábanas limpias, oliendo a fresco
o a lo que quiera que huelan las sábanas limpias? Pasó la mano a modo de
caricia por encima de la ropa de cama y fue como una atracción fatal. Empezó a
caer en una especie de borrachera, como si un canto de sirena emanase de su
cama. Y fue sucumbiendo poco a poco, pese a sus intentos por zafarse. —Nooo…
debo ir a por los malooos…— decía entre dientes, mientras los ojos se le iban
cerrando irremediablemente. Y ya las últimas palabras fueron proféticas de lo
que iba a suceder en segundos: —A la mierda el crimen—dijo mientras se agarraba
a la almohada como si no hubiese un mañana al tiempo que una sonrisa de satisfacción
apareció en su boca. Definitivamente los malos tenían por delante toda una
noche para campar a sus anchas. Y los vecinos para oírle roncar.