Estaba oyendo la bronca del enfermero pero no la escuchaba. Le dolía todo el cuerpo demasiado como para ponerse a inventar excusas pero sabía que, o cambiaba de consultorio médico, o tarde o temprano iban a darse cuenta que algo extraño sucedía. No podía ser que casi todas las semanas fuese a que le diesen algunos puntos, le colocasen algún hueso, o cualquier otra urgencia médica que necesitase tras una jornada nocturna de lucha contra el crimen. Hacerse pasar por patoso, o por increíblemente patoso, terminaría por no colar. Los gritos del enfermero atrajeron la curiosidad de una doctora que observaba a ambos desde el otro lado del pasillo. Ella ya había caído en la cuenta de que, efectivamente, ese paciente era demasiado patoso como para hacerse tantas averías en tan poco tiempo. Se acercó hasta ellos y, manteniendo cierta distancia, observó con sus ojos claros mientras le daban el último punto en la maltrecha ceja. El Superhéroe advirtió la presencia de la doctora que le miraba entre sorprendida y guasona. Este, sin saber cómo responder, le devolvió una medio sonrisa dolorida. La doctora, divertida por la situación, solo dijo "ahora mismo lo único que parece correcto en ese cuerpo es esa sonrisa" y se volvió abandonando el box de curas. Al Superhéroe se le congeló el semblante estúpidamente. Tras unos instantes tratando de asumir aquello cogió sus pertenencias y renqueante se fue a casa. Se merecía un descanso, aunque las palabras de la doctora siguieron rebotando en su cerebro.