Otra noche movida. Generalmente solía salir bastante airoso de las situaciones más peliagudas pero aquella noche no. Había recibido alguna torta de más y no le había gustado ni un pelo. ¿A qué se debía? Pues lo sabía perfectamente. Unos ojos claros le habían dejado un poquito trastocado unos días antes. Y esos ojos habían provocado que no estuviese a la altura de la situación. Ya entró mal en escena, y de lo primero que se llevó fue un mamporro en la boca de tal magnitud que le envió al otro lado de la sala, amén de hacerle escupir un diente. Se quedó mirando fijamente al agresor, trató de rehacerse y olvidar esas distracciones que le habían desequilibrado en el combate. Se dirigió hacia él con una media sonrisa, cínica, mellada, pero sonrisa al fin y al cabo. El delincuente, que se temió lo peor, levantó las manos de inmediato rindiéndose pero no evitó que se llevase una retahíla de tortas que lo dejó tendido en el suelo totalmente KO. Se quedó exhausto delante del ladrón, jadeando y con un hilillo de sangre aun corriendo por su mentón. Había conseguido evitar que aquel pobre idiota robase aquel cuadro de gran valor en la casa del millonario playboy de moda. Pero ahí no quedó la cosa. En aquel momento entró el dueño de la casa en la sala poniendo el grito en el cielo ante la escena que se encontró. Llamó de todo al héroe pese a que había conseguido evitar males mayores en la casa y se lío a patadas con el infeliz que se encontraba inconsciente en el suelo. El Superhéroe se quedó estupefacto ante la exagerada reacción del ricachón y no se lo pensó dos veces, le asestó tal torta a mano abierta que lo tumbó encima del caco. Aquí el único que repartía era él. Con todo, el Superhéroe, no sabía cómo encajar aquello. Menuda mierda. Podía entender la razón del ladrón pero lo de aquel pollo pera de revista cuché se salía de toda lógica. Así que se fue de allí mosqueado con todo, pero antes le metió una patada al niñato en las costillas, para desestresar, que la vida del superhéroe agota mucho