Qué mierda de superhéroe. Allí se encontraba, sentado en el borde de la cama con los pantalones a medio subir, o medio bajar, porque no sabía realmente qué estaba haciendo. Se había despertado con fiebre, y 39 grados a primera hora de la mañana no era cosa desdeñable. Pero no era eso. Se miraba y lo que veía era penoso y patético, o directamente penosamente patético. Un luchador contra el crimen como él, al que no le asustan los delincuentes a los que se enfrenta cada noche, ni los golpes que le arrean, ni los huesos rotos (y ya llevaba unos cuantos)... No, allí se encontraba con los pantalones a medio subir (o medio bajar), abrazado a don Conejo, su muñeco de peluche que le había acompañado desde los tres años y añorando porque su madre le llevase un vaso de leche caliente y le hiciese unos mimos. Porque también los superhéroes necesitan su ración de amor de madre. Y mientras tanto seguía pensando lo mismo, menuda mierda de superhéroe.