Vaya noche estúpida. Llevaba cuatro horas apostado en lo alto del edificio, en la misma postura, oteando las calles en plan dóberman o halcón u otro animal similar que vaya por la vida oteando. Pero no se movía absolutamente nada ni nadie. Y quién iba a salir con aquella nevada. Había que ser un poco jili para desafiar las bajas temperaturas y la nieve ya casi llegaba a la rodilla. Pero el Superhéroe seguía allí en lo alto, aguantando el tipo, en plan zorro (otro que otea) olisqueando el ambiente y escudriñando el horizonte.
Cuando llevaba vigilante un
tiempo más que considerable se dio cuenta que bajo aquella situación ni a los
malvados se les ocurriría asomar la gaita. Así que se incorporó, su espalda
crujió recordándole que la posturita no era la más adecuada, estiró todo su
cuerpo tratando de desentumecerlo y soltó un simple “me cagó en tó”. Puso fin a
la noche de trabajo y ya pensaba en ese chocolate caliente que se tomaría en
casa. En días así no llegaba a entender cómo leches había elegido aquel
trabajo. Y sin remunerar. Con lo agustito que estaría en casa haciendo macramé
mientras veía una película. A la mierda la lucha contra el crimen, coño. Al
menos por esta noche.