Vicentico es el lotero del barrio. En realidad el despacho de lotería era de los padres, un negocio familiar de gente trabajadora y que alguna que otra vez había conseguido dar algún premio secundario, pero poca cosa. Lo que no sabían era cómo Vicentico se iba a encargar del negocio. Y el porqué de ese recelo era que el pobre no tenía muchas luces; verdad que era buena gente, trabajador y muy educado, pero poco más. Sus padres habían tratado de enseñarle todo cuanto sabían y podían porque eran conocedores de que su hijo no era cosa del otro jueves.
El Superhéroe echaba todas las semanas su boleto de la primitiva. Solo una apuesta y sencilla; un eurito, vaya. La cosa no estaba para tirar cohetes, pero y si sonaba la flauta... Y, mira por dónde, aquel día sonó, pero no la flauta; las trompetas. Por Thor y por Odín que sonaron.
La cara de Vicentico al ver el resultado que saltó en la maquinita al comprobar el boleto fue todo un poema. Miraba la máquina, miraba al Superhéroe, una y otra vez, y casi babeaba.
—Que me ha tocao —espetó el muchacho, y volvió a repetir —Que me ha tocao.
El Superhéroe le miró con cara extraña y le preguntó:
—¿Cómo que te ha tocado?
—El boleto, que está premiado —añadió totalmente fuera de sí. —Que me ha tocao.
El Súper con calma tensa le dijo:
—Quieres decir que me ha tocado a mí ¿no? Que mi boleto es el premiado ¿verdad?
—Sí, claro. Pero es que es la primera vez que doy un premio. Y es como si me hubiese tocado. Y qué premio. —Casi se le salían los ojos de la cara de la felicidad.
—Vamos a ver Vicentico ¿De cuánto estamos hablando? —preguntó mientras trataba de guardar la compostura.
—Míralo tú mismo. —Y giró el visor de la máquina.
El que tenía cara de poema ahora era el Súper. Vicentico le miró y soltó:
—Macho, tendrías que verte la cara ¡ja ja ja! Que pastón, tío. —Y salió del despacho corriendo para abrazarlo.
—Cuánto me alegro. Tú lo mereces; que eres del barrio, tío. Ya verás cuando se lo diga a todo el mundo... —Y en ese momento el Súper reaccionó.
—Espera, espera ¿cómo que vas a decírselo a todo el mundo? —exclamó con sorpresa.
—Hombre, es un notición y la primera vez que doy algo importante y...
—No —le soltó tajante —No puedes decírselo a nadie porque si no mi vida va a ser insufrible. Me va a conocer todo el mundo e imagínate la cantidad de gente que vendrá solo para ver qué pilla. Te lo pido por favor, no se lo digas a nadie ¿vale? —El chico se quedó como si le hubiese caído un jarro de agua fría. Para una vez que daba algo desde que estaba al frente del negocio.
El Súper se dio cuenta que no podía pedirle eso al muchacho, a fin de cuentas vivía de ello.
—Haremos una cosa. Puedes decirlo y anunciarlo porque sé que es algo muy importante para ti y tu negocio, pero bajo ningún concepto, repito, bajo ningún concepto debes decir que me ha tocado a mi ¿vale? Solo te pido eso. Y además, por supuesto, te invitaré a una buena comida ¿Ok?
Ante aquello el chico se relajó y sonrió al tiempo que contestaba:
—Voy a hacer un cartel ahora mismo para la entrada. Así voy a vender mucho más. —Y se fue a la trastienda corriendo mientras reía nervioso. La noticia había sido estupenda para ambos.
El Súper salió del despacho de lotería tratando de asimilar la buena nueva, que se resumía en poco y al mismo tiempo en todo: tenía la vida resuelta. Y ahora podría dedicarse a luchar contra el crimen a tiempo completo. A la mierda la oficina del paro. Ahora sería como Bruce Wayne, pero del barrio. Y sonrió por su ocurrencia al tiempo que en su cabeza retumbaba Nina Simone y todo su trompeterío en:
It's a new dawn
It's a new day
It's a new life for me
And I'm feeling good
I'm feeling good...
Toledo, diciembre de 2024