¡Joder, qué disgusto! Y ahora qué iba a hacer. No podía creer que algo así le pudiese suceder a él, con lo cuidadoso que era siempre. Lo miraba una y otra vez y no salía de su asombro. Pero cómo se había apañado. Y el problema principal era lo que aquello iba a suponer en breves horas. Realmente implicaría solo una cosa, pero algo de importancia vital: no podría proteger a la ciudad del crimen.
Su mirada iba de un lado a otro.
A un lado, el origen del problema; al otro, la consecuencia desatada. Miraba la
ruletita con desespero, cómo no se había dado cuenta. Había metido el traje de
superhéroe en la lavadora y en su afán de eliminar las manchas lo había puesto
a 90 grados. El resultado saltaba a la vista: un trajecito de superhéroe apto
para un niño de doce años. En fin, no quedaba otra, tendría que salir
igualmente a la calle porque alguien debe salvaguardar la ciudad. Aunque fuese
en vaqueros.